SOÑAR PARA LUCHAR O
LUCHAR PARA SOÑAR
A principios de los años 80 Anamaría Puentes, tuvo que salir que su natal Tolima, empujada casi a golpes por la
violencia que invadía cada uno de los espacios
en donde trato de vivir hasta los
15 años de edad.
Con un pequeño morral como
equipaje, mismo que hasta días atrás utilizaba para llevar dos cuadernos viejos
y un trozo de lápiz al colegio del pueblo en donde tenía la firme convicción de
aprender todo aquello que le permitiera
por fin dar un vuelco total a su vida y a la de sus padres, salió una tarde calurosa pero fría a la vez, era un frío de soledad, de
miedo, de nostalgia e incertidumbre por no saber lo que le esperaba, peor aún
por no saber donde ni quien la esperaba.
La decisión de dejar a su familia
no nació solo de ella sino también así
de sus padres quienes ante la impotencia de librarla de las garras de violencia
prefirieron darle alas y enseñarla a volar, querían que su vuelo fuera tan alto
que la llevara a cumplir sus sueños infantiles y sus aspiraciones de mujer.
A su llegada a la Capital Anamaría
tuvo que enfrentarse al mundo pero ahora con otro tipo de violencia, la
discriminación y el abuso, violencia que por ser más común, no deja de ser
violencia, la que vivimos cada día, algunos al interior de sus propios hogares,
otros en sus colegios o sus lugares de trabajo, en fin empezó una nueva
batalla, pero esta vez sin más armas que su propio deseo de surgir, con la
ayuda de unos vecinos de su pueblo quienes habían emprendido meses atrás la misma
huida suya, Anamaría llegó a vivir con ellos en una pequeña habitación donde
compartir un pequeño espacio de colchón con dos de los cuatro hijos de la
pareja, esa era la más grande y la única ayuda que podía recibir ya que ellos
tenían su propia lucha.
Empezó trabajando en una plaza de
mercado en donde era explotada con arduas
jornadas laborales a cambio de un plato de comida y unas pocas monedas.
Guiada por su espíritu luchador y guerrero decidió casi de inmediato buscar
opciones que le permitieran continuar sus estudios, para de esta manera no
darse la posibilidad alguna de dejar de soñar,
fue entonces cuando se inscribió en la escuela nocturna, un lugar en donde encontró no solo conocimiento, sino
también grandes amigos, su carácter fuerte pero dulce a la vez le permitió la
posibilidad de darse a conocer con sus maestros quienes al conocerla un poco más
a fondo encontraron en ella un gran potencial digno de ser “explotado”, para su
beneficio personal.
Con mucha más seguridad en sí
misma Anamaría decide entonces aceptar la oferta de la directora de la
Institución Educativa: trabajar con ellos aseando el colegio durante el día y
continuar sus estudios durante la noche. Esta la oportunidad perfecta para
estar más cerca de cumplir sus sueños.
Para este entonces Anamaría ya era una mujer
que había cumplido su mayoría de edad y estaba a pocos pasos de terminar sus
estudios secundarios, así, y con la influencia positiva de su entorno, empezó a
acariciar la posibilidad de capacitarse para llegar a ser una gran profesional.
Entre el trabajo y sus estudios
la vida diaria de Anamaría era muy
pesada, trabaja fuerte durante el día, y la noche no era diferente ya que sus
metas eran tan claras que siempre se destacaba por sus buenos resultados, con
la ayuda de sus profesores se postulo para iniciar sus estudios profesionales,
subsidiados por el gobierno, de esta
forma obtuvo el cupo en la Universidad Nacional de Colombia, en donde estudio Medicina,
en la actualidad es una destacada profesional en su área y con la ayuda de una importante ONG, creó una
fundación de ayuda para personas en condición de desplazamiento, mediante la
cual ofrece la oportunidad a personas que como ella en algún momento necesito
una mano que la ayudara a cumplir sus sueños.
La esencia de Anamaría no ha cambiado para
nada, a pesar de los grandes logros
obtenidos, continua siendo la misma niña soñadora, y las alas que sus padres
tejieron para ella, son cada vez más fuertes y ágiles funcionan a la
perfección, justo a la medida que ella ha necesitado.
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